sábado, 23 de julio de 2016

Los internados del miedo

The boarding schools of fear.
"Una de las cosas más afortunadas que pueden sucederte en la vida es, creo yo, tener una infancia feliz" Agatha Christie


Compré el libro “Los internados del miedo”. Me preguntaron si esta lectura -casi siempre nocturna- no me produciría nervios o me quitaría el sueño. A medida que lo iba leyendo no puedo negar que alguna noche me costó conciliarlo y todos los días le daba vueltas. Cuando lo enseñé vi hocicos arrugados hacia lo desagradable, el deseo de desconocer lo que vivieron aquellos niños entregados a internados regentados por “personas” que tenían la labor de cuidarlos. Cuando quise ver el documental en familia, las cabezas se inclinaron sobre móviles y ordenadores durante el rato que hablan en catalán. Cuando empezó a escucharse en castellano, el calor fue una buena excusa para dejarme solo en el salón. Yo no necesitaba verlo, evidentemente, yo leí todo aquello.

Dice el libro:

"Cuando se empezaron a publicar algunas experiencias de los preventorios en el 20 Minutos mucha gente dejó comentarios en el sentido de que, con todo lo que estaba pasando en España, con la crisis, la corrupción, casos de torturas en comisarías y muertos en las prisiones, lo nuestro era pecata minuta. Y sí, es verdad."
Pues no. La situación actual no es pretexto para dejar de lado este tema. No existe excusa válida porque entonces habría que pedirles a quienes sufren hoy en día por cualquier motivo que se aguanten y esperen, que el tiempo todo lo cura y en el futuro ya veremos si se puede hacer algo.

Se construyeron internados, preventorios, edificios -aún siguen en pie la mayoría- de carácter pseudobenéfico para niños y mujeres y había muchos adultos encargados de mantenerlos en funcionamiento. Todos esos adultos hubieran debido buscar otro modo de vida de no haber niños a los que alojar. Las criaturas eran el motivo de todo aquello, de su día a día como personas adultas. Los niños daban trabajo y por tanto “daban de comer” a sus cuidadores. Hay infinidad de asuntos que no puedo entender sobre esos internados desde un punto de vista racional. Uno puede ser insensible y mal cumplir con el cometido que se le encomienda, pero de ahí a hacer daño, a manipular la mente de unos seres indefensos que crecerán con el miedo, el rencor y el dolor de lo aprendido, hay un mundo. Toda esa gentuza depravada, autoritaria, sucia y carente de amor, todos esos soldados de cristo y sus acólitos que por acción u omisión –tanto da si miraron a otro lado como si eran protagonistas- que reventaron las frescura de genitales y entrañas inocentes, que masacraron a hostias con una brutalidad solo imaginable en los peores criminales, todas esas devotas servidoras de la virgen que veían cómo se iban consumiendo hasta los huesos aquellas criaturas hambrientas, toda esa gentuza como digo,  quedaron saciados de sexo, liberados de su violencia y de su sádicas manipulaciones psicológicas. Y también quedaron impunes. Y eso es agua pasada que no interesa. Ah, vale. Pues entonces, cuando abusen del sexo de vuestros hijos e hijas o les metan una paliza o les insulten, no pretendáis reclamar justicia y dejad que el tiempo cure esas minucias. 

¿Cómo pudo haber tanta violencia indiscriminada, tantos abusos y malos tratos contra niños, siempre inocentes, durante tantísimos años y nada, ni tan siquiera después de la muerte del dictador, consiguió detenerlo, ni nadie en el poder hace aún nada para hablar con las víctimas, para reconocérselo y ayudar? ¿Esperaremos a que no queden testimonios vivos?

Creo que la falta de humanidad y la abundancia de monstruos disfrazados entre nosotros –tanto antes como ahora- es el origen de tanta brutalidad. Conocí este tema escuchando radio 5 mientras conducía y tuve que detenerme porque no veía bien. Volví a recordar la violencia que vivimos en el colegio salesiano cuando cursábamos 4º de EGB. Si Juan Bosco hizo algo bueno, ensuciasteis su nombre repitiéndolo hasta la saciedad sin tener ni remota idea de lo que significa la bondad. Tenía una edad parecida a la de aquellos niños, pero tuve suerte de que mis padres solo me amenazaran con los internados. ¿Tenían idea nuestros padres de aquellas atrocidades e injusticias?

Ya nada puede reparar los daños causados. Nada sacará de sus mentes y sus cuerpos lo pasado, pero al menos debemos reconocérselo y decir en voz alta lo sucedido. Todos.

[Hay un escritor francés, Michel de Montaigne, que dice que no hay nada que se recuerde tanto como lo que más quieres olvidar.]

Esto es algo que yo tampoco consigo hacer que se comprenda. Dicen que los acontecimientos pasados es mejor dejarlos reposar en el fondo con el lodo. Que no hay que remover la mierda si no queremos terminar embadurnados de ella. Que las heridas hay que dejarlas estar. Pero pasa que entonces se infectan y es peor. Las heridas hay que tratar de curarlas, airearlas y respetar sus cicatrices. 
Imágenes extraídas del documental.


(Ut sementem feceris, ita metes) "Lo que siembres será lo que coseches." Me repetían los (¿padres?) salesianos en lugar de ayudarme por mi fracaso escolar. Pero la frase de Cicerón no es cierta. No es seguro que coseches lo sembrado. A tantos asesinos en serie que sembraron miedo y desesperación en los ávidos y fértiles campos de la infancia durante tantos años ... ¿qué les deparó la cosecha? Reconocimiento y paz eterna para el día de su muerte. Me llena el odio. Lo reconozco. No puedo perdonarlo. No puedo decir lo que les deseo. Pesadillas vivas, fruto del odio. Para empezar, que sus familias, amigos e hijos pudieran ver lo que hicieron y cómo miraron hacia otro lado. En el libro he contado como mínimo el testimonio de 5 muertes inocentes, a golpes, con pruebas médicas o por abandono y dejadez, de hambre, tortura y enfermedad, de todas las cosas juntas. Y cada nuevo capítulo del libro me cuesta más. Es complicado saltar al siguiente y debo dejar el libro en la estantería porque me parece odioso conocer un testimonio nuevo teniendo reciente el anterior. Necesito asimilarlos de uno en uno, dejar un espacio entre ellos. Cuesta sujetar las lágrimas. Luego me hierve la sangre. No puedo más. Es difícil volver a estas páginas para terminarlo pero tengo que hacerlo. 



Ver este documental no es agradable pero es obligado hacerlo. Creer en dios es libertad de cada cual, pero mantener y creer a sus más altos y fieles consejeros es otra cosa. Que no me hablen de santos. Que no me vendan postales, escapularios, cintas benditas ni excursiones a la virgen o al cristo de la equis. Que no me santifiquen cuando nazca para luego vivir en un mundo gobernado por mil demonios. Que no me den una hostia para confirmar que hubo sangre en las venas de un tal jesús. Que no me digan que nacen dioses de mujeres célibes y que no se haga en ellas según la  palabra de nadie mientras ellas no quieran. Que no me crucifiquen por decir esto y, por favor, si por callarlo. Que no me perdonen ni se perdone a nadie  por el simple hecho de hablar en voz baja a la oreja con cera bendita de alguien. Que no me hablen del matrimonio humano los eternos solteros ni los que se solo logran casar con lo divino. Que me dejen ir al puto infierno si es eso lo que merezco. Que quede para ellos el cielo abierto y limpio de pecado.
Imágenes extraídas del documental.

Dijo Francisco de Asís: "Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda". Y Victor Hugo: "Los animales son de Dios. La bestialidad es humana". Pero a esos niños nadie les ayudó. Ni siquiera el mismísimo Dios: sus designios son insondables. Ni civiles ni religiosos deberían haber logrado a escapar a estas lecturas y a tantas otras antes de empezar su trabajo. Eran gente fracasada y amargada, carentes de amor a nada. "Nihili est qui nihil amat". ¿Nadie les controlaba? Sí, pero para que todo funcionara silenciosamente así. Todos eran parte de la bárbara maquinaria del estado masacrando miles de niños, mujeres y hombres a diestro y siniestro.

Fuimos unos niños tan malos que hubieron de romperse las manos en nuestros culos y nuestras dos mejillas sin ofrecerlas. A mi me grabó sus dedos un profesor en ambas. A muchos de mis compañeros de 4º de EGB también. Nos hacía mirar a una golondrina que había puesto en una esquina de la clase. Decía "¡Mira el pajarito!" y... ¡Plaf!. También usaba una regla metálica flexible con la que te fustigaba la espalda, o te decía que acercaras la cabeza al pupitre y luego te la golpeaba contra él. Yo estaba allí. Cagado de miedo. Evadido en babia. Aunque mi mecanismo defensivo era estarme callado y quieto, falló una sola vez. En quinto curso, Don Esteban sería la nueva bestia parda. Con él no podías librarte del todo, porque había castigos colectivos. 40 chavales contra las paredes, en círculo haciendo cola y uno a uno nos golpeaba las uñas con la parte de madera del cepillo o con la regla. Recuerdo más los nervios y el miedo que el dolor. No puedo olvidarme cuando ponía a dos niños que hubieran hablado con sus cabezas cerca y las chocaba con fuerza. Los preparativos eran tan lentos ... a mi se me hacía eterno: "No tan cerca, listillos. No os mováis. A ver... Tú, da un paso atrás. Inclínate un poco, asi ...  quietos ..." Uno de ellos se orinó.  Después, los test psicológicos me tildarían de poco sociable e introspectivo. Cuando alguna vez he coincidido con algún que otro salesiano desconocido de mi ciudad, me ha preguntado: "¿A cual centro ibas tú?" Al parecer había un salesianos de los pobres y yo iba al de los ricos. Madre mía. Y hace poco le comenté lo de este documental a uno de ellos y me dijo: "¡A mi me vas a hablar tú de los salesianos! Mira, yo he ido a los dos y en el de los ricos me pegaron menos pero me humillaron más. Y conocía a chicos internos y esos pobres pasaban hambre. Un día le llevé un paquete de galletas a un amigo y se las quitaron y preguntaron quién se las había dado. Me dio el cura una bofetada con todas las ganas, como cogiendo carrerilla con el brazo, que casi me tumba." Me cuenta con rabia que un salesiano les daba a veces caramelos de zaragoza (adoquines de la virgen del pilar) -esos tan grandes y duros- y otras veces le decía que si quería uno lo buscara en su bolsillo. Enfadado me dice "¡Qué sabía yo con 8 años qué era eso!". Le da mucho asco recordarlo. Estas vivencias nuestras quedan, en comparación a los internados, sin importancia. Debo decir que la educación salesiana también marcó a muchos niños aunque no sufrieron el salvajismo del que se habla en el libro. Mis amigos, por ejemplo, quedaban mudos ante las chicas y a mi, siendo bastante mayor, me dijo un profesor que conocí en el trabajo: "¿A que colegio fuiste? - ¿A un colegio de curas? - Joder, no se qué os hacían que sois todos iguales. Se os nota a la legua."
Imágenes extraídas del documental.

Pero fuimos tan, ¡pero tan malos! que tuvieron que crucificarnos libros en mano y rodillas en el borde del estrado, hasta perder el conocimiento. Fruto de nuestra maldad, de nuestro tan reciente pecado original,  les obligábamos a disfrutar  rompiendo las reglas con otras de metal y madera sobre las uñas de nuestras aún tiernas manos. 

Debido a nuestra piel suave, a nuestro olor a niño, a nuestras escasas carnes blandas; debido a nuestra mirada de libidinosa experiencia con 6, 7 u 8, 10 años, qué más da; por desearlo de veras puesto nunca supimos decir NO -y más nos valía- os visteis obligados a penetrarnos y a llenar nuestra boca con vuestro sexo. Qué a gusto y relajados quedabais tras repasarnos con vuestras manos callosas de vicios nunca castigados, nunca confesos.

Qué bien sonaba después de aquello el ave maría y el padre nuestro. Qué bien se glorificaba al señor. Maldigo las noches que lloré implorando que me llevara. Maldigo mi ignorancia infantil y juvenil y detesto mi jodida conciencia que nunca calla.

Miembros del clero, seglares y monjas, curas y laicos, seculares y monjes, legos y sacerdotes, párrocos, los "fieles" y sus pastores, presbíteros, diáconos, obispos... Cuánta jerarquía para luego hacer lo que os salía de los mismísimos hábitos. Cuán hermosas lecciones de amor al prójimo, pero privándonos de ello primero. Enseñando con el ejemplo, con la represión, con la separación por sexos, con el dolor y el llanto sordo. Con el insulto público y la burla. Con el frío del invierno.

Imágenes extraídas del documental.
Por todo esto lloro hoy con este llanto mudo y quedo. Por todo esto lloro sin consuelo.


Por tanto que pasó y nunca se hizo el mínimo esfuerzo en reconocerlo. Por tanta espalda vuelta hoy al horror ya silenciado entonces.

Quiero agradecer a los valientes participantes que dieron testimonio para Montse Armengou y  Ricard Belis y doy gracias a estos por su trabajo. Siento mucho el dolor que se os causó.

Felicito por su suerte a aquellos otros que disfrutaron de su estancia en otros lugares parecidos pero con otros cuidadores nada similares. Les felicito por la suerte de no haber coincidido en el mismo tiempo y lugar que aquellos. 

Y lo siento. Lo siento mucho. Muchísimo. Lo siento infinitamente por aquellas personas tan especiales que no han participado en este documental o libro. Porque su corazón no podía soportar los recuerdos. Porque saben que cabe poca esperanza de ver compensado su dolor de ninguna forma. Porque no pueden confiar y se preguntan si serán señaladas. Porque tienen miedo de encima ser objeto de risas, miedo al poderoso. Porque nunca lo contaron. Porque algunos ni siquiera sobrevivieron.


Lo siento infinitamente por quienes no sobrevivieron. Por todos aquellos que fueron usados para todo tipo de fines particularmente ruines, algunos desde cero años, otros con unos pocos y algunas por ser madres.  Personas utilizadas con fines particulares y públicos. Usadas sin descanso. Castigadas sin parar. Niños golpeados para ser callados o por sadismo, educados para ser vendidos como mano de obra barata. Personas que de pronto esos malnacidos echaron a la calle como si nada y no lograron superar el dolor y el abandono. Esas personas que no sobrevivieron, antes de morir, malvivir o ser otra vez encarcelados, fueron niñas y niños que casi no conocieron o les robaron el cariño, la inocencia o la familia. Les robaron el alma y así los enviaron, con el espíritu maltrecho, a vivir lo que les pudiera quedar de vida. 


Esta imagen y las siguientes, han sido extraídas del documental.











... presentada en el Patronato por "Juzgado de primera instancia de Mataró" con motivo de "ser perseguida por el hombre con el cual convive su madre" ... " petición de la madre y de la interesada que se halla muy atemorizada por los malos tratos recibidos" ... "19-5-77 ingresa en el colegio de Adoratrices de Badalona."

Estado de la enferma y fenomenología psiquiátrica al ingreso: "Llora con mucha pena. Contesta a todo lo que se le pregunta como una chica mal educada."

Y para finalizar, después de ver esta secuencia de imágenes extraídas del documental, quiero tratar de explicar con una pincelada de color, con imágenes extraídas del cómic "Memorias de un hombre en pijama" de Paco Roca, la diferencia entre una infancia más o menos correcta y lo que vivieron estas personas. Lo que les faltó porque no solo les fue robada la infancia, sino que fue reemplazada por un régimen vejatorio, violento, sádico y carente de los mínimos propios de un verdadero ser humano.







2 comentarios:

abuelaliada dijo...

te quiero

mitad dijo...

lo voy leyendo poco a poco, cada día descubro algo nuevo, y los dibujos.............
mi verano esta resultando como una película de Berlanga o de Almodóvar, a veces comedia y otras como un drama rural, te echo de menos, os echo de menos.
te contaré, cuéntame también tú.
un beso